El académico Manuel del Río Martínez recibió el homenaje póstumo de la RADE

Más de 500 proyectos acumula la obra del arquitecto que dedicó casi cuarenta años al Patrimonio Nacional

El académico Manuel del Río Martínez recibió el homenaje póstumo de la RADE

Manuel del Río Martínez, Académico de Número de la Sección de Arquitectura y Bellas Artes, en la que ingresó en 2001, ha recibido el homenaje póstumo de la Real Academia de Doctores de España (RADE), en cuya Junta de Gobierno desempeñó el cargo de Tesorero, en el transcurso de una sesión in memoríam presidida por el titular de la corporación, Jesús Álvarez Fernández Represa.

Abrió el turno de intervenciones Ignacio Ferrero Ruiz de la Prada, doctor arquitecto, quien se definió como “amigo y compañero del alma de Manolo”, de quien no podría alabar su obra porque, tan identificado con ella como está, resultaría una alabanza a sí mismo. “Hemos vivido en la misma casa, hemos tenido la segunda vivienda en la misma urbanización, sus hijos y los míos han ido al mismo colegio, y sus problemas y sus alegrías han sido las mías”, afirmó.

Rememoró Ferrero que se conocieron en 1958, en la Facultad de Ciencias Exactas, cuando para ingresar en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura era necesario tener aprobados los dos primeros años de Matemáticas. Fueron años durísimos, apuntó, porque aprobar suponía un gran esfuerzo. Junto con Juan José Arostegui, estudiaban los tres “en casa de Manolo por la noche, y algunas veces veíamos amanecer”.

Manuel del Río trabajó como becario en el estudio de Domingo Tabuyo, desde el tercer año de carrera. Allí conoció a Gaspar Robles, amigo del segundo arquitecto del Patrimonio Nacional, Ramón Andrada Pfeiffer, continuó Ferrero. Con Tabuyo siguió trabajando después de terminar sus estudios, en 1965, hasta que Andrada, para quien se había hecho imprescindible, le contrató en el Patrimonio como ayudante.

Después de sus respectivas bodas, en 1967, Ferrero y Del Río fundaron un estudio para dedicarse en profundidad a la arquitectura y aumentar los ingresos con que mantener a sus familias. Se presentaron juntos a una convocatoria del Ayuntamiento de Madrid que buscaba arquitectos. Los dos fueron admitidos, pero como el nuevo trabajo era incompatible con el ejercicio libre de la profesión, decidieron que Del Río siguiera en el Patrimonio y Ferrero entrara en el Ayuntamiento. El estudio empezó a funcionar, con obras para Eduardo Reyzabal, que les encargó un cine, viviendas y un aparcamiento, y otros edificios, entre ellos el Winsord, de trágico final.

Los proyectos crecían, lo que les permitió comprarse sendos pisos en el mismo edificio y cambiar la sede del estudio, al que se incorporó el sobrino de Ferrero, Juan Hernández Ferrero, que más tarde ingresó en el Patrimonio Nacional como adjunto de Del Río. De aquel tiempo destacó el proyecto de la manzana de la iglesia del Buen Suceso, en la calle Princesa, y el Hospital del Aire, que firmaron tres arquitectos del Patrimonio, Ramón Andrada, Manuel del Río y Juan Hernández, además del propio Ferrero. Fue la primera vez que se empleó en Madrid el aluminio como cerramiento de fachada, en 1974.

Jefe, mentor, maestro, amigo

Su jefe, su mentor, su maestro y su amigo. Con estos términos se refirió a Manuel del Río, con quien trabajó durante casi cuarenta años en el Patrimonio, Juan Hernández al iniciar su parlamento. En verano de 1973 todo cambió de forma radical, apuntó. Franco nombró a Carrero Blanco Presidente del Gobierno, quien designó a Utrera Molina Ministro de la Vivienda, y este, a su vez, a Javier Carvajal, como su Director General de Arquitectura. Pero Carvajal acaba de ser elegido Decano del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, y era incompatible para el cargo. Fue entonces cuando el también desaparecido académico de la RADE Antonio Lamela sugirió para el puesto a Ramón Andrada, y su vacante en la jefatura de arquitectura del Patrimonio la ocupó Del Río, en 1973, como Jefe Accidental del Servicio de Obras del Patrimonio.

A pesar de tan “exiguo ropaje burocrático del cargo”, Manuel del Río se enfrentó a una responsabilidad que marcaría su vida, recalcó Hernández. Se le encargó el anteproyecto de ampliación del Palacio de la Zarzuela para alojar al Príncipe Juan Carlos, en el que Hernández asumió el desarrollo de planos de detalles constructivos y esquemas de instalación. “Era increíble la capacidad de Manolo de seleccionar personas y formar equipos en poco espacio de tiempo y distribuir responsabilidades en gente joven y sin experiencia”, agregó.

Aquel proyecto cerró la primera etapa de Del Río en el Patrimonio, según Hernández, y abrió la segunda. De sus ocho primeros años en el organismo estatal queda su huella en un montón de proyectos del Patronato de Viviendas del Patrimonio, “a menos de tres mil pesetas el metro cuadrado”, y otras obras destacables, como el cerramiento, verja, pilastras y garitas de la plaza de Armas del Palacio de Aranjuez; el Tejar de Somontes, el funicular del Valle de los Caídos, la restauración del palacete de la Quinta del Pardo, la primera operación de limpieza de las fachadas del Palacio Real de Madrid, con la recuperación de elementos originales y reposición de esculturas y florones, y el comienzo de la restauración de la Almudaina, de Palma de Mallorca.

La segunda etapa de Del Río en el Patrimonio, de 1973 a 1986, fue “la más feliz para él, aunque con sinsabores, disgustos, alegrías y satisfacciones”, gracias al entorno más favorable para su trabajo que permitió el nuevo Presidente de la institución, Nicolás de Cotoner y Cotoner, marqués de Mondejar. En 1974 empezó la ampliación del Palacio de la Zarzuela, dijo Hernández, a quien Del Río confió el pabellón de servicios íntegramente. “Menos mal que luego le dio un buen revolcón y lo mejoró de arriba abajo”, añadió con agradecimiento.

De urgencia en urgencia

A la muerte de Franco, prosiguió Hernández, todas las obras estaban listas y casi dispuestas para ser ocupadas, y todo se había ordenado con un esquema de funcionamiento y de crecimiento previstos anticipadamente. A finales de 1977, Del Río se tuvo que ocupar del Palacio de la Moncloa, que iba a ser residencia de Adolfo Suárez. La urgencia, indicó el ponente, fue increíble; pero en pocas semanas el Presidente pudo trasladarse.

Al galope se pasó también del palacio de La Moncloa al de Aranjuez, que debía reemplazar a aquel como residencia de jefes de Estado en visita oficial. El palacio, que el propio Del Río había restaurado en 1974, requería pocos retoques. Se trabajó a un ritmo de 16 a 18 horas diarias para que, en la primavera de 1977, Aranjuez alojara al Presidente portugués Ramallo Eanes. Desde esta fecha a 1986, Del Río se empleo en todo tipo de proyectos en plenitud de facultades profesionales y físicas, manifestó Hernández, como la manzana del Buen Suceso, la transformación del palacio de El Pardo como hotel del Estado, y la segunda ampliación de la Zarzuela.

La reforma de El Pardo le exigió una dedicación especial. “Fue donde más le vi trabajar y disfrutar”, agregó. Coincidió con el 23-F y con la remodelación de la residencia particular de Suárez, y a esas fechas corresponden también la restauración del palacio de Marivent y del palacio de la Almudaina. Todas estas obras se salpimentaban con otras de carácter medio o menor, además de la conservación y restauración de centenares de inmuebles del Patrimonio. Entre 1984 y 1986 se restauró el convento de las Descalzas Reales, una de las últimas obras de la época del marqués de Mondejar.

Pero en la primavera de 1986 las cosas cambiaron. Mondejar y Andrada fueron sustituidos de la presidencia y la gerencia del Patrimonio, y comenzó una nueva etapa para Manuel del Río, “llena de altibajos y tensiones, y también de trabajos de calidad”. Cuando llegó la cúpula socialista ya había terminado la ampliación de La Zarzuela, y los cambios en la Casa Real, entre 1990 y 1991, le afectaron. En 1989 se le había removido de su puesto para encargarle de proyectos especiales, fuera del día a día de la Zarzuela. Entre ellos citó Hernández la rehabilitación del Cuarto Real en los Alcázares de Sevilla, que le reportó “un considerable éxito personal, pero con escasas gratitudes”. En 1997 el nuevo Presidente del Patrimonio, el duque de San Carlos, le encargó de la preparación de la boda de la infanta Cristina, en Barcelona. Todo salió perfecto, y le valió la vuelta a la jefatura de arquitectura. Se preveía un lustro feliz, según Hernández, con dos potentes encargos, la casa del Príncipe Felipe y el Museo de Colecciones Reales. Pero no fue así.

En mayo de 2001 llegó Manuel del Río a la RADE, “una de los mayores satisfacciones de su vida”, apostilló Hernández, de la mano de Miguel Fisac y de Fernando Chueca Goitia, que contestó su discurso, en un acto que presidió Don Felipe. Pero los últimos cuatro años de esta tercera etapa no fueron los mejores por lo que tuvo que aguantar, agregó. La relación con la presidencia empezó a deteriorarse. El museo, que se adjudicó en concurso internacional, sin que se pudiera aplicar su proyecto porque se le había incluido en el jurado, acabó anulado judicialmente. Le quedaba solo la casa del Príncipe, a la que se dedicó, sin recibir agradecimiento ni comprensión. Con las obras acabadas, decidió jubilarse anticipadamente, con lo que terminaba a petición propia una labor colosal de un formidable arquitecto tesonero y luchador.

Desencantado del Patrimonio

Su padre estaba desencantado con los gestores del Patrimonio, cuando, en los 90, estaba dedicado al proyecto de restauración de Las Huelgas, en Burgos, relató Manuel del Río Fernández-Villarjubín, que empezó a trabajar en el estudio al terminar la carrera, en 1992. En las visitas a aquellas obras, Del Río hijo aprendió a escuchar y a perder el miedo a preguntar a todos los oficios que intervienen en los trabajos.

Finalizada la tarea en Las Huelgas, su padre ya tenía decidido dejar el Patrimonio y dedicarse exclusivamente a su estudio; pero en 1995 el Rey Juan Carlos le llamó a casa para pedirle que hiciera el pabellón del Príncipe. El encargo le ligaba a un Patrimonio que ya no le motivaba, pero le resultó un buen aliciente. En aquel mismo año el estudio se trasladó a Príncipe de Vergara, y estuvo implicado en tres grandes promociones: Torrecajal, un conjunto de viviendas, el edificio de oficinas Gorbea3 y la sede de Amper Servicios, en Tres Cantos. Emilio Aragón les encargó la construcción de unos estudios de grabación, para los que aprovecharon una antigua fábrica que vendían los Reyzabal, y además demolieron el antiguo cine y discoteca Consulado, para construir un edificio de apartamentos. A finales de los 90 el estudio recuperó plenamente la actividad con pequeñas edificaciones y varios inmuebles de diverso uso.

Cuando su padre dimitió, los Reyes, como agradecimiento, le concedieron la Encomienda de Número de la Real Orden de Carlos III, y Doña Sofía le propuso formar parte del patronato de su Fundación contra el Alzheimer. Aceptó y se volcó en la investigación para diseñar residencias para estos enfermos. La Reina le encomendó preparar el congreso mundial sobre el Alzheimer en la parte dedicada la arquitectura especializada, y recomendó que el proyecto de construir una residencia para enfermos de Alzheimer en Paracuellos se encargara a del Río, que fue la última que inauguró.

Junto con ACS, el estudio ganó el concurso para rehabilitar la sede del Congreso de los Diputados, pero no se le dio publicidad porque, en los días que se desarrollaban las obras, Podemos movilizaba el asedio a la cámara. Todos le animaron a escribir un libro sobre su obra, que hizo a ratos, hasta que fue presentado en mayo de 2016. Quince días después, entró en tratamiento intensivo y murió el 28 de julio, agregó Del Río hijo, que expresó su gratitud a la RADE y, en especial, a Rosa Garcerán. “Ingresar en esta Academia fue uno de los momentos más felices de su vida”, concluyó, no sin antes mencionar que, en 50 años de profesión, su padre había proyectado más de 500 proyectos de viviendas, palacios, oficinas, hoteles, urbanizaciones y hasta cementerios.

Una obra magnífica

Rosa María Garcerán Piqueras, Presidenta de la Sección de Arquitectura y Bellas Artes, de la RADE, fue Secretaria General en la Junta de Gobierno de la academia en la que Manuel del Río era Tesorero, como ella misma manifestó en su intervención. Su obra fue magnífica, dijo, antes de citar las condecoraciones y distinciones que había recibido: Gran Cruz al Mérito Civil, Encomienda de Isabel la Católica, Encomienda de Número de la Orden del Infante, de Portugal; Encomienda de la Orden de la Estrella Polar, de Suecia; Encomienda de Número de la Real Orden de Carlos III, Premio Internacional Melina Mercuri (UNESCO) por la restauración del Jardín del Príncipe de Aranjuez y Premio Especial del Consejo de Europa a la restauración del convento de las Descalzas Reales.

Era un tertuliano ocurrente, de memoria y claridad de juicio prodigiosas, siempre le resultó fácil tener su apoyo en la Junta de Gobierno, aseguró Garcerán, y nunca cambio su cariñosa actitud con las personas en toda su vida académica. Recordó su último acto público, con motivo de la presentación de su libro: Caminando y construyendo entre reyes, que aconsejó leer para conocer a fondo el patrimonio de la Corona, tan desconocido por los españoles. Finalizó su exposición Garcerán asegurando que Manuel del Río se consideraba un privilegiado, a lo que añadió: “Privilegiados nosotros, Manuel, por haber contado contigo en esta academia”.

El Presidente de la RADE, Álvarez Fernández-Represa, al clausurar la sesión, recomendó vivamente la lectura del libro de Manuel del Río, en cuya presentación intervino. Calificó a su autor de “entrañable y trabajador” y destacó su muy activa participación en la Academia, “a la que ha honrado enormemente”.

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