La coincidencia en no repetir el pasado y lograr la reconciliación nacional hizo posible la Transición

Ramón Tamames, Fernando Suárez e Ignacio Camuñas analizaron en la RADE el cambio del franquismo a la democracia y los actuales riesgos para la convivencia nacional

La coincidencia en no repetir el pasado y lograr la reconciliación nacional hizo posible la Transición

La Transición política fue posible porque sus personajes, además de mantener una cordial relación humana, estaban de acuerdo en no repetir el pasado y en alcanzar la reconciliación nacional, aspectos que hoy están en peligro por la Ley de Memoria Histórica y porque una parte de la izquierda considera que la oposición democrática vendió su ideología al régimen anterior, según Ramón Tamames, Fernando Suárez e Ignacio Camuñas, participantes en la mesa redonda “La Transición política española: análisis y enseñanzas de utilidad ante los acontecimientos futuros”, organizada por la Real Academia de Doctores de España (RADE), y presidida por su titular Jesús Álvarez Fernández-Represa.

Como explicó el promotor de la sesión, Rafael Morales-Arce Macías, Académico de Número de la Sección de Ciencias Políticas y de la Economía, de la RADE, el propósito de la convocatoria, era recordar el empeño y esfuerzo que un selecto grupo de españoles hizo para transformar el régimen político anterior y nos ha permitido vivir casi cuarenta años en un régimen homologable con los países democráticos de nuestro entorno, mientras comprobamos que, casi en los diez últimos años, empeoran algunos indicadores fundamentales: la unidad e identidad de la nación, el reparto de las cargas públicas, el desempleo y la pérdida del estado de bienestar o la corrupción generalizada, sin que actúen los debidos controles y contrapesos propios de un estado democrático.

Para Ramón Tamames Gómez, Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, la Transición comenzó cuando el régimen de Franco empezó a debilitarse con la muerte de su posible sucesor, el almirante Carrero Blanco, y el siguiente Gobierno, de Arias Navarro, intentó una apertura dentro del marco del Movimiento Nacional, “con sus pretendidas leyes eternas”; mientras que la oposición, incluido el PCE, quería una constitución democrática. La muerte de Franco provocó un cambio trascendental para la dictadura, a la que el ponente reconoció un crecimiento económico importante, con un índice anual acumulado de un 7,7 por ciento en sus últimos años, que multiplicó dos veces y media la renta nacional del 62, con un aumento extraordinario de las clases medias, circunstancia que favoreció una transición pacífica con un escenario muy distinto al de 1936.

En 1975, añadió Tamames, la reforma fue inevitable y arrancó con la elección de Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno. Carrillo, recordó, era partidario de votar sí en el referéndum de la ley que reformaba el régimen, pero como el PSOE se había quedado en la abstención, el PCE tuvo que abstenerse. A partir de ahí, régimen y oposición negociaron fructíferamente, se reconoce el PCE y se llega a las elecciones generales y los Pactos de la Moncloa, lo que consolidó “un propósito que no era de la oposición ni del Gobierno”, agregó. “En aquellos pactos estaba todo el arco parlamentario, salvo Letamendía, representante de la ETA en cierto modo, al que hay que recordar porque sometió al pleno del Congreso una cláusula de autodeterminación, que los vascos votaron en contra porque habían conseguido el reconocimiento de sus fueros, y los catalanes se abstuvieron, menos dos de ellos”. La Transición terminó, según Tamames, al entrar en vigor la Constitución, formarse un Gobierno elegido directamente por el pueblo, quedar derogadas las leyes de Franco y cumplirse los sueños de Torcuato Fernández Miranda, Suárez, González y Carrillo; “aunque algunos la han prolongado hasta el 23-F e, incluso, hasta nuestros días, con la aparición del populismo”.

La amistosa relación entre los líderes

La Transición empezó mucho antes de la muerte de Carrero Blanco, discrepó Fernando Suárez González, Académico de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, para quien el régimen de Franco no se puede presentar como un episodio monolítico único que dura cuarenta años y acaba igual que empieza. “La evolución de la sociedad española a lo largo de esos años hace que, no solo la oposición, sino también el régimen y muchos de sus dirigentes, se den cuenta de que hay que evolucionar y que se tienen que parecer a los países de su entorno”. El acuerdo fue más fácil, continuó Suárez, por la homogeneidad social. Mientras que los dirigentes de la República no debieron tomar un café juntos jamás y entre Largo Caballero y Calvo Sotelo no debía de haber la menor posibilidad de entendimiento, los dirigentes de la izquierda y de la derecha estudiaban en las mismas facultades, se conocían y eran amistosos, además de no estar dispuestos a repetir la historia.

Carrero, subrayó Suárez, no era el sucesor de Franco, ni hubiera sido un obstáculo para los proyectos democratizadores de don Juan Carlos, porque la evolución, la apertura y el cambio estaban en el ambiente de la sociedad española y en la oposición, empezando por un PCE que no ponía en peligro el régimen. En este punto, Suárez lanzó una pregunta relacionada con el presente: ¿Podemos es un riesgo para Rajoy, o un refuerzo? Desde su punto de vista, el PCE reforzaba el régimen franquista ante la sociedad española de los 70. El Franco sí, comunismo no, funcionó entonces con el consentimiento de la inmensa mayoría que no quería las experiencias que el PCE proponía en sus textos, que no en sus intenciones.

A la muerte de Franco se cumplieron las previsiones sucesorias estrictamente como estaban diseñadas, prosiguió Suárez, con una sola excepción: el sequito que acompañó el armón con el cadáver no fue a pie hasta Moncloa, como estaba programado, sino que se paró al inicio de la calle de Ferraz, porque se consideró demasiado largo. El juramento de los Principios del Movimiento Nacional por parte del Príncipe Juan Carlos fue una cuestión muy polémica, porque se consideraba que una parte de ellos era inalterable. Pero, como mantenía Fernández Miranda, todos eran modificables, porque habían sido aprobados en un artículo que se podía cambiar, lo que evitaba que el Rey cometiera perjurio.

Por su parte, Ignacio Camuñas Solís, exministro de Relaciones con las Cortes y diplomático, mantuvo que el núcleo duro de la Transición empezó con la Ley para la Reforma Política y culminó con la aprobación de la Constitución. No obstante, consideró el orador que hay un periodo en el que ocurren hechos importantes que van a hacer posible la Transición, que comenzó en 1947 con la Ley de Sucesión. No se puede decir que los años 40, 50 o 60 sean parte de la Transición, precisó Camuñas, pero es útil recordar que hay condicionantes que van a favorecerla: la designación de don Juan Carlos como futuro rey, en 1969; el Congreso de Munich de la oposición democrática, la transformación del PCE que abraza el eurocomunismo y da los primeros pasos hacia la reconciliación nacional; el Concilio Vaticano II que provoca un cambio en la Iglesia española, la Ley de Prensa de Fraga, y la salida de españoles al exterior y la llegada de extranjeros a España.

Tributo de admiración a Ruiz-Giménez

Camuñas rindió tributo de admiración a Joaquín Ruiz-Giménez, creador de Cuadernos para el Diálogo, que fomentó la relación humana entre todos los que iban a ser protagonistas de la vida política española y permitió que, el día que se abrieron las Cortes democráticas, todos se abrazaron y saludaran con cordialidad. A lo anterior, sumó Camuñas la labor del equipo económico de ministros vinculados al Opus Dei, que desarrollaron la estructura económica de España, y un acuerdo magnífico con la CEE, así como el testamento de Franco, en el que el dictador pedía al Ejército que prestará absoluta lealtad al Rey, como la había tenido con él, lo que dio al monarca una enorme capacidad de maniobra.

La Ley para la Reforma Política liberó al Rey del juramento a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional y robó a la oposición su principal cartel, la ruptura, porque, en el fondo, era en sí misma el principio de una ruptura pacífica que permitía las elecciones generales, dijo Camuñas. Luego se legalizaron todos los partidos políticos. Y Adolfo Suárez, aseguró el ponente, se dio cuenta de que Fraga y González tenían la intención de encabezar un sistema bipartidista, y utilizó al PCE para obligar al PSOE a aceptar el proceso que proponía la ley. Otro acontecimiento, sustancial para los monárquicos, fue la renuncia de don Juan de Borbón en mayo de 1977, que aceptó la legitimidad de Juan Carlos I. Aunque la Constitución del 78 cierra la Transición, concluyó Camuñas, hay acontecimientos posteriores de gran interés, como la alternancia en el poder entre derecha e izquierda y el 23-F, cuya superación consolidó el proceso, reforzado después por la entrada en la OTAN y el ingreso en la CEE.

La ley que abre heridas del pasado

Según Camuñas, la Transición fue posible porque ni el régimen pudo mantenerse después de Franco, ni la oposición democrática fue capaz de derrocarle. Pero, la base era más profunda: “Todos estábamos de acuerdo en que no queríamos volver al pasado, queríamos la reconciliación, que es lo que se ha puesto en peligro con esa malhadada ley aprobada bajo la presidencia de Zapatero. Abrir las heridas del pasado es uno de los errores históricos más comprometedores para la convivencia nacional”. Ya en el coloquio, Camuñas calificó la Ley de Memoria Histórica de puñalada trasera a la Transición y de intento de ganar de forma democrática la contienda que entonces perdió la izquierda. De esta ley distinguió la obsesión de una parte de la izquierda por sacar del tablero político a la derecha, como ya ocurrió en la República. Y añadió que, no derogarla cuando tuvo mayoría para hacerlo convierte a Rajoy en cómplice de la ley, al ratificarla de forma tácita.

A la crítica contra la Ley de Memoria Histórica se sumó Fernando Suárez, que la consideró una catástrofe y definió de error histórico no haberla derogado, porque “está creando un clima, que crece y aumenta, entre la juventud española de que la República era el ideal de los mundos, que el régimen franquista era el capricho de un Tejero que se salió con la suya, y todo lo demás ha sido un error de cuarenta años”. Suárez recalcó la enorme generosidad de las Cortes que mayoritariamente respaldaron la reforma política, y se mostró orgulloso de su papel como ponente del proyecto; pero achacó el mérito a todo el grupo que lo presentó, con Miguel Primo de Rivera a la cabeza, sobrino del fundador de la Falange y de la Delegada Nacional de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera, de la que consiguió que se abstuviera, y otros miembros seleccionados realmente por Fernández Miranda, que no tenían vinculación con la victoria del 39 y se podían entender con adversarios del régimen. “La ruptura no era posible con aquel Ejército, con aquel régimen, con aquel consenso nacional; solo cabía la reforma, insistió Suárez.

Muchos hubieran querido que se crisparan las circunstancias, que la ruptura se hubiera planteado, advirtió Tamames, pero el espíritu de reconciliación jugó una parte fundamental en la Transición. “Y ese espíritu está en peligro hoy, porque algunos consideran que las izquierdas vendieron su ideología y pactaron con la burguesía sin ninguna clase de contraprestación”, dijo Tamames, antes de precisar que la moción de censura que propugna Podemos es una bomba atómica, porque podría conseguir el cambio a un Gobierno que ya no representa el espíritu de la Transición.

Terminó el coloquio con divergencias entre los ponentes. Fernando Suárez sostuvo que la ruptura entre Adolfo Suárez y Fernández Miranda se debió, fundamentalmente, a la introducción del término nacionalidad en la Constitución. Para el segundo, nacionalidad es igual que nación, la nación reclama un Estado y se refuerzan así los separatismos vasco y catalán, lo que le llevó a abandonar el grupo de la UCD en el Senado. Para Camuñas, el principio de la ruptura fue anterior porque, en el diseño de Fernández Miranda, Suárez no se debía presentar a las elecciones del 15-J, pero Adolfo quiso recapitalizar su posición. Por su lado, Tamames aseveró que la palabra nacionalidad, que flota desde Pi y Margall, ha permitido tener cuarenta años de tranquilidad sin emplearse a penas. El problema separatista viene, según Tamames, de otros hechos, como la entrega de la enseñanza a las autonomías o que los gobiernos centrales hayan estado en manos de las minorías.

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