La unidad entre católicos y luteranos, un camino con escollos todavía pendientes de resolver

Aunque la cuestión de la justificación parece más fácil de resolver en el diálogo ecuménico, subsisten diferencias de contenido eclesiológico y sacramentales entre ambas teologías

La unidad entre católicos y luteranos, un camino con escollos todavía pendientes de resolver

Católicos y luteranos caminan juntos la senda hacia la unidad de ambas iglesias si, como parece posible, se alcanza una formulación común sobre la cuestión de la justificación, concepto que hoy entendemos como salvación. No obstante, subsisten diferencias por resolver sobre el ministerio ordenado, la jerarquía y la estructura de la Iglesia; es decir, de contenido eclesiológico, y también sacramentales. Sobre estas materias trató la mesa redonda “A los 500 años de Lutero: Desencuentro y encuentro”, en la que, moderados por Santiago Madrigal Terrazas, Presidente de la Sección de Teología de la Real Academia de Doctores (RADE), debatieron los Académicos de Número Juan Antonio Martínez Camino, jesuita, y Martín Gelabert Ballester, dominico, presididos todos por el titular de la corporación, Jesús Álvarez-Fernández Represa.

Como dijo el doctor Madrigal, el 31 de octubre próximo católicos y protestantes celebraremos, por primera vez en la historia, una conmemoración conjunta de la Reforma como fruto del intenso diálogo ecuménico de los últimos decenios. El 31 de octubre de 1517 es la fecha de la Reforma Protestante, que llevó adelante un monje agustino, Martín Lutero, nacido en 1483, con la propuesta de 95 tesis como base de una disputa académica sobre las indulgencias que pretendían recaudar fondos en Alemania para la construcción de una basílica en Roma.

En 1999 se hizo la declaración conjunta sobre el tema de la justificación, tema inscrito en el corazón de la teología de Lutero que dividía a las dos iglesias secularmente; y en 2013, la Comisión Mixta del Diálogo Católico-luterano publicó el documento Del conflicto a la comunión, que cuenta los orígenes la división, los logros del diálogo ecuménico, y explica por qué hoy es posible celebrar juntos la conmemoración el origen de la ruptura.

La reforma que acabó en ruptura

Martínez Camino afirmó que, en su programa de reforma de la Iglesia, Lutero pensaba que el cristianismo sufría una deformación generalizada a causa de que Roma falsificaba el Evangelio y promovía la corrupción. Aquella reforma acabó en ruptura, por lo que Lutero no consiguió su objetivo, y, aunque no lo pretendiera, contribuyó a la secularización de la cultura y, por lo tanto, fue muy negativa para la fe cristiana, por lo que, todavía hoy, constituye un gran desafío para la Iglesia.

El deseado restablecimiento de la unidad de los cristianos tendrá que basarse, continuó el ponente, en lo mucho que nos une. De Lutero sigue siendo válida, y fuente de inspiración para todos, su pasión por Cristo y la seriedad con que deseaba encontrarse con un Dios misericordioso. Esa cuestión le penetraba el corazón y estaba en el fondo de su lucha interior y sus investigaciones teológicas. Hoy, entre los cristianos, todos presuponemos que Dios es generoso y, en su misericordia, no tendrá en cuenta nuestras faltas. La cuestión de Lutero ya no nos preocupa, subrayó Martínez Camino.

En el origen de la búsqueda de Lutero, según Martínez Camino, había una conciencia atormentada por la culpa, una mentalidad de penitencia medieval. Se abrió camino en el estudio de la Sagrada Escritura y el descubrimiento de la justicia de Dios, que identificaba con su misericordia. La justicia de un Dios salvador. Y, todo ello, en el marco de una vida eclesiástica llena de escándalos: la venta de las indulgencias, la batalla por el poder temporal, obispos que eran príncipes territoriales o gobernadores de la Iglesia, etc. Pero, los límites de su búsqueda, para muchos, están siempre demasiado ligados al “yo” que busca, y no se abre suficientemente al “nosotros”, que es la Iglesia.

Una vez aclarada la cuestión de la justificación, para la que hay vías de solución abiertas, prosiguió Martínez Camino, quedan las cuestiones relativas al ministerio ordenado, a la jerarquía de la Iglesia, a la estructura de la Iglesia, porque el fondo del problema sigue siendo eclesiológico: la presencia de la palabra de Dios en el mundo, la sucesión apostólica, el ministerio episcopal. Palabra y testigo van juntos, no hay palabra sin testigo. Y quedan pendientes los símbolos de la fe y el Credo, que originan divergencias entre ambas iglesias.

El restablecimiento de la plena comunión ha de ser un objetivo fundamental para quienes deseamos ser testigos del Dios de la misericordia, aseguró Martínez Camino. Dos cosas estamos ya haciendo en común: la celebración de los 500 años conjuntamente y la fe en el Dios vivo. “Podemos ir a peor también, pero tenemos que guardar lo que tenemos en común”, y no olvidar que el ecumenismo inició su camino a raíz de la persecución nazi contra católicos y luteranos por igual.

Justo y pecador

Para Gelabert, el objetivo de esta conmemoración de los 500 años de la Reforma no pretende mirar al pasado, sino comprender el presente. A partir de la declaración conjunta sobre la justificación, o salvación, el acuerdo es total en que Dios nos justifica, pero sigue habiendo diferencias. Lutero dice que el pecador justificado es, a la vez, justo y pecador. Para Trento y la Iglesia católica, el pecador justificado deja de ser pecador y es totalmente justo. Según Lutero, en la persona justificada sigue habiendo una oposición a Dios, lo que es en sí un verdadero pecado, incompatible con la teología católica. Sin embargo, los luteranos afirman que, a pesar del pecado, el cristiano ya no está separado de Dios.

¿Qué clase de pecado es este que produce oposición, pero no separa de Dios?, se preguntó el orador. Una explicación sería que esta doctrina nos recuerda el peligro continuo que viene del poder del pecado y su acción en el cristiano. La concupiscencia permanece en el bautizado. Para Trento es algo natural, pero, para Lutero, es la expresión de la permanente aversión del hombre contra Dios, el egoísmo que siempre nos acompaña y se traduce en rebeldía. De ahí que el justificado, en el que siempre hay concupiscencia, siga siendo pecador.

Desde la perspectiva luterana, se puede considerar que el deseo, la concupiscencia, puede ser la apertura por la que el pecado ataca. Si se acepta así, la concupiscencia deja de ser pecado para ser punto de apertura del que se aprovecha el pecado. “Estamos ante dos comprensiones de la concupiscencia que conducen a conclusiones teológicas distintas. Para los católicos, es una realidad natural, y para los luteranos, una realidad personal. Si es natural, no puede ser pecado, pero si es personal, puede serlo”, añadió.

Para superar la polémica, puede ser útil, según Gelabert, situar las posiciones de unos y otros en su propio contexto teológico, doctrinal e histórico. Leídas por sí mismas, las posiciones parecen incompatibles. “Pero si tenemos en cuenta el diferente uso lingüístico y el distinto contexto espiritual, si distinguimos entre lo que se dice y lo que se quiere decir, y además situamos las fórmulas dentro del amplio conjunto en el que se encuentran, comparten una gama de matices y precisiones que la sola y estricta fórmula no puede expresar, y que permiten un serio acercamiento entre unos y otros y hacen posible una coincidencia de lo que se quiere decir, aunque sea dicho de distintos modos”, agregó.

Una Iglesia santa y pecadora

El propio Lutero reconoce que, cuando nos reconocemos pecadores, estamos dando un paso hacia Cristo. “El sentimiento que tiene el pecador habría que entenderlo, según mi lectura de Lutero, y la de otros, en un sentido dinámico, como un estado de marcha, cuyo resultado es la penitencia. Si la fórmula tiene un sentido penitencial, debe entenderse existencialmente y no ontológicamente. También Trento utiliza el lenguaje penitencial, que se encuentra en unos y otros”.

Si no vamos más allá de las oposiciones, no hay modo de superarlas, manifestó Gelabert, antes de decir que, probablemente, Tomás de Aquino aceptaría una fórmula del tipo: simul peccator et fidelis, el creyente puede ser a la vez pecador y justo, porque el único pecado que aparta al hombre totalmente de Dios es la apostasía. Por lo tanto, el creyente es también un pecador, simul iustus et peccator. Una aplicación de esta fórmula sería que la Iglesia es santa y pecadora. El mismo Vaticano II declara que la Iglesia encierra en su seno pecadores y que, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza por la senda de las penitencia y de la renovación.

Si lo que católicos y luteranos conmemoramos ahora es una pelea, no hay nada que celebrar, advirtió el ponente. Pero, si la pelea puede superarse y buscamos comprender las circunstancias históricas y doctrinales que la propiciaron para aprender a no repetirla y encontrar caminos para resolverla, entonces es bueno recordar el pasado y celebrar los caminos que han conducido a un presente de concordia y colaboración.

En el coloquio, Gelabert mantuvo la opinión de que hay una cierta influencia del catolicismo sobre el luteranismo, en el que hay divisiones respecto al acercamiento a Roma; mientras que Martínez Camino, tras destacar que el luteranismo no es un conjunto homogéneo, se mostró partidario de una mayor influencia del luteranismo sobre el catolicismo.

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