El historiador andaluz José Manuel Cuenca Toribio ingresa en la Real Academia de Doctores de España

Valera, Fernández Almagro, Ayala o Alberti son parte de la legión de andaluces desembarcados en el Madrid del primer tercio del XX

El historiador andaluz José Manuel Cuenca Toribio ingresa en la Real Academia de Doctores de España

El cordobés Juan Valera, los granadinos Melchor Fernández Almagro y Francisco Ayala, los malagueños José Moreno Villa, Ricardo Orueta y Alberto Jiménez Fraud, el gaditano Rafael Alberti, el sevillano Rafael Cansinos-Asséns y los jienenses Manuel García Morente y Juan de Mata Carriazo y Arroquia forman parte de la legión de ilustres andaluces que enriquecieron las humanidades del siglo XX y encontraron en Madrid el auténtico rompeolas de todas las Españas, aseguró José Manuel Cuenca Toribio, catedrático emérito de la Universidad de Córdoba, en su discurso de toma de posesión de la medalla número 42 de la sección de Humanidades, de la Real Academia de Doctores de España (RADE).

La intervención de Cuenca Toribio, titulada “Intelectuales andaluces en el Madrid del primer tercio del siglo XX”, fue contestada en nombre de la corporación por el doctor Emilio de Diego García, miembro de número de la misma sección y secretario general de la academia, cuyo titular, Jesús Álvarez Fernández-Represa, presidió la sesión.

Tras profundas palabras de agradecimiento por la distinción y de sentido recuerdo a su antecesor en la medalla número 42, Eloy Benito Ruano, subrayó el nuevo académico que siempre fue Madrid bien definido como “rompeolas de todas las Españas, “mas quizá nunca con el vigor, el empuje y la conciencia plenificante del primer tercio de la centuria pasada”.

Adentrado en el listado de insignes andaluces desembarcados en Madrid, señaló Cuenca Toribio que, “dueño ya de los incontables registros de su prosa y en posesión plena de sus no menores ambiciones, el joven cordobés Juan Valera quedose deslumbrado con el espectáculo de luz y poderío material y social desprendido por un Madrid cuyas metas de progreso y fuerza semejaban enlazarse con sus propias ilusiones y ensueños”. Incuestionable maestro supremo en el género epistolar, “el futuro autor de Cartas desde Rusia, observador tan buido en la descripción de tipos y costumbres, nos dejó viñetas y cuadros de impagable colorido y penetración a la hora de recoger en sus misivas a su madre la imagen radiante del Madrid que lo acogiera en el kairós acaso más importante de su biografía”.

Estampas madrileñas

La precariedad económica empujó a las familias de los granadinos Melchor Fernández Almagro y Francisco Ayala. El contacto del primero con Madrid se haría en el tránsito de la niñez a la adolescencia, cuando su prodigiosa memoria comenzaba ya despertar la admiración en conocidos y amigos. Imantado en la madurez por el tema eterno y laberíntico del poder, no sorprende que las estampas mejor conservadas de esta primera impresión madrileña fuesen las concernientes al poder militar expresado en la variada indumentaria de las diversas armas y cuerpos de la muy nutrida guarnición capitalina, afirmó el recipiendario.

En el caso de Ayala, destacado por su inclinación hacia las letras, descubrirá una acezante sed bibliográfica que solo en Madrid era posible saciar, a pesar de que sus recuerdos de esa experiencia inaugural fuera lamentable, impresión más tarde corregida en su libro testamento. “Forzado quizá contra su naturaleza íntima por la avasalladora maquinaria mediática de la España postmoderna a ejercer de gran gurú o mandarín de diversas áreas de la cultura democrática, facedor de académicos y dispensador de credenciales del nuevo legitimismo, Ayala, residente en una calle del Madrid azoriniano, entregó su lúcida y serena vejez a revalidar con nuevos títulos el papel insustituible de Madrid como centro y núcleo cohesionador de la gran patria española”, agregó Cuenca Toribio.

José Moreno Villa se encandiló con la capital de la nación a través del prisma cultural. Tras una breve pero fructífera estadía en la Alemania de vísperas de la Gran Guerra, decidió pasar de una inicial vocación científica al terreno artístico-literario. Dos coterráneos dieron de nuevo un giro a su existencia, anclándola casi definitivamente en una orientación intelectual y cultural: Ricardo Orueta y Alberto Jiménez Fraud, y este último le llevó al equipo directivo de la legendaria Residencia de Estudiantes.

Rafael Alberti, “trasplantado familiarmente a Madrid con un bachillerato todavía no concluido en el famoso e ignaciano colegio del Puerto de Santa María, no tardó en prender en su espíritu la llama de la revolución de los soviets”, continuó Cuenca Toribio. El Madrid en que transcurriera su rebelde mocedad, “satisfacía todas sus exigencias en el plano más vital de su biografía, con un diálogo permanentemente enriquecedor entre ideales y compromisos, en los que no tardarían en incluirse los de tipo político más avanzado”.

Contrapuesto en casi todo al autor de Marinero en tierra, distingue el nuevo académico “el airoso perfil literario de la peregrina existencia del sevillano Rafael Cansinos-Asséns”. Confeso anticlerical, este eximio traductor en las más variadas lenguas fue uno de los más acuciosos especialistas de la bohemia finisecular que alojaba Madrid, y, como los jóvenes de su época, en vísperas de perder las colonias, participaba en las manifestaciones gritando: “Viva España con honra”, e iba a la estación del Mediodía a despedir a los soldados que marchaban a la guerra, ebrios de entusiasmo y de vino”, según su propia descripción.

Manuel García Morente fue, indica Cuenca Toribio, arquetipo en vida y obras, y obvia y palmaria su identificación inercial con el valor y significado de Madrid en la forja y permanencia de los españoles, cuyo ser histórico fuera analizado por su pulcra pluma, extensa y cálidamente, en una de sus obras más importantes, llevada a cabo tras la abrupta línea divisoria de su conversión católica y su posterior e inmediato ministerio sacerdotal.

Por su parte, Juan de Mata Carriazo marchó a Madrid para proseguir los estudios de historia, tras los comunes realizados en Granada. Como el curso tardara en abrirse por culpa de la gripe, tuvo tiempo sobrado para enterarse bien de Madrid, como el mismo autor cuenta. La gran ocasión de su vida fue el encuentro con Gómez Moreno, que le reveló todas las posibilidades del método arqueológico.

Hora muy grave para la nación

“Con referencia tan solo a aquellas zonas del saber que me son algo familiares en todas las ramas del frondoso árbol de las humanidades clásicas de la España del siglo XX, fueron legión los nombres meridionales que las enriquecieron a partir de su vela de armas y sus años de formación en un Madrid que no conoció de su parte ningún reniego, antes bien, la gratitud, la exaltación y la loanza más peraltadas y sinceras”, añadió el recipiendario.

“En hora muy grave para el ser y destino de nación tan vieja y esclarecida como España, ojalá que sus dolientes y angustiados habitantes, frente a los infortunios y desventuras del tétrico hoy, puedan seguir diciendo, estimulados por el alto ejemplo de los andaluces evocados aquí esta tarde : “Siempre nos quedará Madrid”, concluyó Cuenca Toribio

Nacido el 3 de marzo de 1939, en Sevilla, el profesor Cuenca Toribio es licenciado y doctor en Historia, con premio extraordinario en ambos casos, por la Universidad de Sevilla. Desde 2009 es catedrático emérito de la Universidad de Córdoba, donde ha sido catedrático de Historia Contemporánea Universal y de España (1975-2009). Desde sus primeros pasos en la docencia en su alma mater, en la década de 1960, ha pasado por las aulas de Navarra, Barcelona y Valencia. Ha sido decano de las facultades de Filosofía y Letras, en Córdoba (1975-1987) y Valencia (1973-1975), y director de departamento, como reflejó Emilio de Diego en su respuesta.

Ha dirigido más de cuarenta tesis doctorales y organizado decenas de reuniones científicas, seminarios y jornadas, y ha impartido innumerables conferencias. Como autor, único o en colaboración, llevan su firma alrededor de setenta libros y más de dos centenares de artículos.

Antes de incorporarse a la RADE, añadió De Diego, era ya académico de número de la Real de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, y correspondiente de la Real de la Historia, de la Real de Ciencias Morales y Políticas, de la Academia Portuguesa da Historia, y de la de Buenas Letras de Sevilla, además de fundador del Instituto de Historia de Andalucía.

Un país mal educado

Se preguntó De Diego qué relación tiene con la historia esta hora difícil para nuestra nación, preocupación que late en el discurso de su nuevo compañero de sección, para contestar que “el desconocimiento y la manipulación del pasado constituyen la condición esencial, en mayor o menor grado, para llegar a la desorientación colectiva. Y, solo desde esta, se abre la vía de la indiferencia de unos y la emoción exacerbada y aberrante de otros”.

Achaca De Diego la causa de esta situación a la ausencia de formación del joven sobre el valor del pasado, y en ello apoya la grande y urgente necesidad de mejorar el conocimiento de nuestra historia, para llegar a afirmar que “España no es tanto un país invertebrado, el tópico recurrente, como un país mal ducado. Y para abordar ese problema, ya viejo, uno de los puntos de apoyo imprescindible es el conocimiento de su historia. No seré tan ingenuo de indicar que esto sea la panacea, pero sí que debe estar en la base de todo proyecto que pretende un futuro mejor”.  

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