La RADE conmemoró a su patrona Teresa de Jesús en el quinto centenario de su nacimiento

Condicionada por ser mujer, la santa de Ávila es modelo de honda espiritualidad y capacidad de liderazgo y emprendimiento

La RADE conmemoró a su patrona Teresa de Jesús en el quinto centenario de su nacimiento

Fuertemente condicionada por la circunstancia de ser mujer en una Iglesia androgénica y misógina, como la sociedad de su tiempo, Santa Teresa de Jesús fue ejemplo de profunda espiritualidad en una época convulsa de reforma y contrarreforma, en la que destacó por sus capacidades de liderazgo y emprendimiento y su osadía para llevar adelante su obra, como se puso de relieve en la sesión dedicada por la Real Academia de Doctores de España (RADE) a la que es su patrona, en la celebración de su quinto centenario.

Quinientos años después de su nacimiento, Santa Teresa de Jesús sigue provocando asombro cultural y espiritual, dijo Santiago Madrigal Terrazas, SJ, miembro de la Sección de Teología de la RADE, antes de citar a Gustavo Martín Garzo, psicólogo de formación, para quien los arrobamientos y raptos de la santa nada tienen que ver con los delirios de un psicótico, porque un delirio es un sueño que no se puede compartir.

Contemporánea de Erasmo y de Lutero, de San Ignacio de Loyola y de San Juan de la Cruz, Teresa de Jesús es una de las personalidades de la reforma católica frente a la protestante, señaló Madrigal. Su obra reformadora, “la restitución y recuperación ascética del Carmelo primitivo, brota en primer término de dentro, del hondón de su alma, de su experiencia de Dios. Su empresa espiritual hunde sus raíces en las corrientes de renovación del catolicismo, que se remontan a la llamada devotio moderna, de finales del siglo XIV, con su impulso de la meditación metódica y cristocéntrica”.

Santa Teresa tuvo la osadía de escribir en una Iglesia fuertemente androgénica y en medio de una cultura tradicionalmente misógina. Una de sus mayores obras Camino de perfección, es, apuntó Madrigal, “un manual para la reforma de la Iglesia, que se sitúa en el proyecto reformista iniciado por las fuerzas vivas de la Iglesia y del Estado en la España de mediados del siglo XVI”.

Clausura y pobreza

Su reforma se centra en la observancia de la clausura y la pobreza. La mística teresiana se centra en las pequeñas cosas. Fundamenta la renovación, tanto personal como comunitaria, en la práctica y en la enseñanza de la oración, que ella transformará en doctrina mística. El núcleo de la experiencia teresiana de Dios, basada en la cláusula “búscame en ti, búscate en mí”, “debería servir al esclarecimiento del misterio de Dios y del misterio del ser humano en la relación que los une. Su experiencia puede ayudar a responder a la angustiosa pregunta que resuena a nuestro alrededor y quizás también en nuestro interior: ¿Dónde está tu Dios? Buscar a Dios en sí y buscarse a uno mismo en Dios. De esto nos habla Teresa”, concluyó Madrigal.

Victoriano Martín Martín, miembro de la Sección de Ciencias Políticas y de la Economía, se refirió a un aspecto poco conocido, pero presente en la vida y obra de Santa Teresa: sus cualidades de liderazgo y emprendimiento. Su ponencia, como explicó, forma parte de un proyecto más ambicioso, ya que pretende escribir algo así como: Teresa de Ávila para directivos, para poner de manifiesto su emprendimiento y liderazgo cuando fundó el monasterio de San José. Tarea muy problemática y plagada de “dificultades burocráticas, financieras y hasta religiosas”.

Teresa de Jesús expuso su proyecto de fundar un monasterio con mucha perfección, oración y encerramiento a su confesor, para cumplir las normas, y al provincial de los carmelitas. Este último se mostró inicialmente de acuerdo con la idea pero, al alborotarse la población cuando se conoció el plan, se volvió atrás. Mayor sufrimiento para la santa “fue la falta de asentimiento de su confesor, quien le dijo que todo era un disparate, y le negó la absolución si no abandonaba el intento”.

Los principales respaldos a la empresa vinieron de doña Guiomar de Ulloa, que puso a disposición de la fundación la renta que tenía en su mayorazgo y le apoyó en todo el proceso; y del padre fray Pedro Ibáñez, letrado de la orden de Santo Domingo. En manos de ambos dejó Teresa las gestiones siguientes en medio de una situación agravada por el hecho de ser mujer y la falta de libertad y de medios. Finalmente, doña Guiomar y el padre Ibáñez lograron la autorización de Roma, y Santa Teresa siguió a pies juntillas los consejos de fray Pedro de Alcántara, para seguir adelante y fundar la casa de San José en pobreza absoluta, sin respaldo de rentas.

El 24 de agosto de 1562 tomaron hábito religioso algunas monjas y se puso el santísimo sacramento en la nueva casa carmelita descalza, y, aunque creció el alboroto en la población, Teresa convenció a la priora de la Encarnación y al provincial. El 5 de diciembre se le autorizó la pobreza y recibió permiso para abandonar la Encarnación e instalarse en San José.

El primer descalzo

Las investigaciones que ha realizado llevan a Jaime Lamo de Espinosa, miembro de la Sección de Ingeniería, a destacar a fray Antonio de Jesús, nacido Antonio de Heredia y Ferrer en Requena en 1510, como el más ilustre requenense en todos los tiempos, y desde luego en el siglo XVI. Basándose en las declaraciones de los carmelitas de la época, subrayó el ponente que fue fray Antonio, y no San Juan de la Cruz, el primer descalzo.

Formado entre los diez y los 16 años en el convento de carmelitas calzados de El Carmen, extramuros de Requena, fue enviado a Salamanca a estudiar cánones y decretales. Ordenado sacerdote con 22 años, regresó a la universidad salmantina para cursar derecho canónico. A partir de entonces, fue prior en varios conventos calzados, como Toledo, Ávila o la propia Requena.

Siendo prior conoció a Santa Teresa y su proyecto de crear conventos de carmelitas descalzos, sometidos a la vieja regla, más rigurosa, y fray Antonio se ofreció a ser el primer descalzo. Al tiempo, la madre Teresa se encontró con fray Juan de la Cruz, hombre muy joven y menudo, pero en el que vio grandes virtudes.

Con estos dos frailes se fundó Duruelo (Avila), un pequeño convento que albergó el primer carmelo reformado para hombres, al que siguieron otras fundaciones. “Esta relación de fray Antonio con Santa Teresa y con San Juan de la Cruz es tan intensa que es él quien confiesa y da la extrema unción a la santa en Alba de Tormes en 1582, siendo vicario de Castilla, y ordena se la entierre en Alba de Tormes. E, igualmente, asiste a San Juan de la Cruz en su lecho de muerte, en1591, en Úbeda, cuando fray Antonio era provincial de Andalucía”, añadió Lamo de Espinosa.

Posteriormente, fray Antonio desarrolló una actividad incasable, con sucesivas fundaciones de nuevos conventos por todo el país, de los que fue prior. Sufrió prisión, trabajó en las constituciones carmelitanas y fue nombrado visitador de la Provincia de Castilla. En Lisboa le atacó un oso que le dejó llagas en una pierna que permanecieron toda su vida. Fundó nuevas casas y asumió nuevos cargos hasta su muerte, a la edad de 91 años, en el convento de Vélez-Málaga, del que fue fundador y prior.

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